La cámara y el micrófono se encienden y del otro lado del Zoom aparece Ezequiel Luna (39). El ex defensor argentino-chileno, con pasado en equipos como Tenerife, Liga de Quito, Santiago Wanderers y Palestino, atiende a AS desde México, luciendo la indumentaria de Raniza, el club de la Kings League azteca que lo fichó en febrero.
Luna llegó al elenco mexicano tras brillar con Chile en el Mundial de la Kings League, donde la Roja alcanzó el segundo lugar. “Le doy gracias a Dios porque se me abrió esta puerta. Estoy disfrutando de todas las conexiones que se han ido dando fuera del fútbol profesional. Ojalá podamos clasificar al Mundial de Clubes, que sería en agosto”, cuenta.
– En Concón National, su último club, lo desvincularon y usted terminó desilusionado. El hecho de después de eso haber jugado la Copa Potrero, el Mundial de la Kings League y ahora haber llegado a México, ¿lo ha hecho reencantarse con el deporte?
– Mi salida de Concón fue muy extraña. Yo quería terminar mi carrera de otra manera en Chile, donde estuve 13 años… Pero bueno, no se dieron las cosas y tampoco me quedé llorando en el piso. Siempre disfruto y le doy gracias a Dios por lo bueno y lo malo. Todo sirve para aprender.
– ¿Cómo se dio esta llegada a Raniza?
– Sinceramente, no lo esperaba en ningún momento. La conexión siempre fue a través del ‘Mathi’ Vidangossy. Me dijo ‘voy a jugar en este equipo y sería bueno que puedas venir’. Hablé con mi esposa, con mis hijos, y la verdad que no lo dudé. Voy a aprovechar la posibilidad, México es un país muy lindo.
– ¿Cómo va su vida en México?
– Bueno, estoy en Ciudad de México y el club me proporcionó una vivienda. Estoy cómodo, pero me tuve que venir solo. Mi familia se quedó en Chile porque tiene sus actividades, los chicos el colegio… También tenemos la iglesia allá. Y nada, disfrutando, el jugador de fútbol tiene esa capacidad para adaptarse. Yo hace más de 20 años que me fui de mi país, de Argentina, y me ha tocado recorrer muchas partes. Siempre agradezco por las personas que uno va conociendo.
– Este periodo en México no será tan largo, pero ¿le costó separarse de su mujer y sus hijos?
– Sí, uno siempre va a extrañar, pero así es el trabajar y hay que tomar decisiones. Lo bueno de todo esto es que con mi esposa trabajamos en equipo y entendemos las situaciones.
– ¿Cómo es su rutina por allá, por ejemplo, cuando tiene tiempo libre?
– Bueno, a mí me encanta leer la palabra y tener tiempo de intimidad con Dios. Ahora también tuve la posibilidad de volver a ver a Carlos (Rotondi), quien fue mi compañero en Wanderers. Me invitó a su casa, comimos un asado y recordamos viejos tiempos, nos reímos un rato. Estoy contento por su presente (en Cruz Azul), le está yendo excelente.
– ¿Qué cosas le han llamado la atención de México?
– México es súper grande, muy lindo, pero sí hay mucha contaminación. Se nota a veces en el dolor de cabeza… Acá estamos a casi 2.300 metros sobre el nivel del mar, entonces se juntan un montón de cosas a las que uno se tiene que ir adaptando. Hay que aclimatarse, pero de lo poco que he conocido, me ha gustado.
– ¿Qué extraña de Chile, más allá de los afectos, la familia?
– Te vas a reír, pero bueno… el pan (ríe). La marraqueta, el pan francés, viste que tiene varios nombres… Yo también juego mucho pádel allá, entonces ahí he hecho muchos vínculos. Esas cosas se extrañan.
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– Acá, usted también era pastor. Hace un rato comentaba lo de su iglesia… ¿Cambia algo estando hoy en México?
– A ver, a veces uno tiene la idea del pastor como alguien predicando y toda la gente sentada, pero la tarea que llevo con mi esposa es totalmente distinta. Nosotros visitamos a la gente y compartimos la palabra, esa es la verdadera vida que hoy tenemos en Cristo. Nosotros compartimos la palabra desde donde nos encontremos, así que prácticamente el trabajo se sigue realizando. Con las redes sociales, las videollamadas, todo es mucho más fácil.

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